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¿Cómo serían los mitos clásicos escritos por mujeres?

El nacimiento de Venus de Botticelli Wikipedia

Durante años la concepción de la mujer en la literatura estuvo destinada a ser un mero personaje secundario con el único rol de acompañante del héroe. Esto tiene su raíz en la cultura clásica, desde la que hemos heredado todos los arquetipos de la construcción del relato. La explicación más coherente de este fenómeno tiene una traducción más o menos sencilla, todos los autores eran hombres que se limitaban a plasmar en sus textos el reflejo de la sociedad de aquel entonces, en la que la mujer sólo tenía una función dentro de la comunidad: dedicarse al cuidado de la casa, y eso si tenía la suerte de ser una dama de alta cuna.

Así, alguien que se disponga a estudiar Literatura Clásica observará que ésta comienza por los elegíacos, pasa por la épica de Virgilio, heredada de Homero, y termina con uno de los trágicos más afamados, Seneca. Todo varones.

Todos ellos realizaron su propia composición de la mujer. Por ejemplo, los poetas elegíacos, grupo de autores conformado por Cátulo, Propercio, Tibulo y Ovidio, dedicaron su obra a alabar los atributos de la mujer. La mayoría de ellos eran jóvenes autores que mantenían relaciones amorosas basadas primordialmente en el sexo con mujeres mayores de la alta sociedad, relaciones prohibidas y que nunca acababan bien. Así se comenzó a concebir el mito de la mujer amante, de la mujer instrumento de una relación amatoria, concebida sólo para el arte de amar (Ars amandi), título, por cierto, de la obra de Ovidio en la que aporta consejos sobre cómo conquistar a una mujer al más puro estilo: “dale tu asiento en el teatro” o “sacúdele el regazo si algo se le cayera, pudiendo así rozar su piel”.

En la literatura clásica, la feminidad se ha construido como un personaje plano, movido únicamente por el amor y casi siempre en perjuicio propio. No fue hasta el siglo XIX, con la aparición de títulos como Madamme Bovary o Anna Karerina, cuando la mujer, bajo la pluma de un hombre, comenzó a ser un personaje completo, con sus luces y sus sombras sí, pero protagonista, la dueña de su vida, una vida, además, en la que el amor se traduce como la más pura metáfora de libertad, de liberación. No obstante, tenemos antecedentes de escritoras femeninas para comprender este cambio, como es el caso de Jane Austin y sus heroínas revolucionarias: Emma, Elizabeth Bennet, y las hermanas Dashwood, y es que puede ser verdad eso de que detrás de un hombre siempre hay una gran mujer.

Extracto del original publicado en EL MUNDO.

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