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CONTAR LOS DÍAS, UNA TAREA NADA FÁCIL EN ROMA

Como tantas otras cosas cotidianas actuales, el calendario por el que nos regimos (en Occidente, al menos) deriva de los antiguos romanos. La palabra misma que usamos, calendario, tiene su origen en la palabra latina calendas, “cuya traducción es proclamar, ya que los sacerdotes proclamaban el principio de cada mes al llegar la Luna Nueva”.

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Según la tradición, el calendario romano fue creado durante el reinado de Rómulo, fundador de Roma. Comprendía diez meses lunares, con el equinoccio de primavera situado en el primer mes, Martius, hasta diciembre. El año, por tanto, duraba alrededor de 304 días, o bien 10 meses lunares… El tiempo sobrante (entre diciembre y el comienzo del año siguiente había un período que no correspondía a ningún mes) se dedicaba a “recuperar fuerzas”: no había labores agrícolas ni actividad militar y tenían lugar los ritos de purificación colectiva.

Los meses eran Martius (dedicado a Marte, patrón de los romanos, de 31 días; Aprilis (dedicado a Apolo) de 30 días; Majus (dedicado a Júpiter) de 31 días; Junius (dedicado a Juno) de 30 días. Después de los meses recibían el nombre por el número de orden que les correspondía: Quintilis (31 días), Sextilis (30 días), September (30 días), October (31 días), November (30 días) y December (30 días).

Con la reforma de Numa Pompilio, segundo rey de Roma, el calendario romano empezó a parecerse más al actual. Al año de Rómulo se le adhirieron cincuenta y un días: se les quitó un día a cada uno de los meses antes nombrados, que entonces sumados hacían 57 días, de los cuales se formaron dos meses, Ianuarius (dedicado a Jano) con 29, y Februarius (de «februare», purificar, dedicado a Plutón) con 28 días.

Tenemos, pues, un año de 355 días, lo que significa que todavía había un desfase con el año solar de 10,25 días menos. Los ajustes estaban en manos de los pontífices máximos, y muchas veces la razón de sus decisiones era más política que cronológica.

Para poner un poco de orden a esta situación, Julio César, ya en el año 46 a.c., ordenó una reforma del calendario romano para ajustar de manera definitiva el año al curso del Sol: “El calendario juliano, que retomaba los 365 días divididos en 12 meses del calendario egipcio, fechaba las estaciones y sus fiestas romanas correspondientes concordando con el momento astronómico en el que sucedían” .

Los desfases se corregían sumando un día cada cuatro años (origen del año bisiesto) y el emperador alteró también el orden de los meses, empezando el año con Enero en vez de Marzo. Sin embargo, el calendario juliano y sus años bisiestos, generaron un retraso de 10 días en el calendario civil respecto al calendario astronómico.

Ahora que tenemos los meses en su sitio (aunque no el definitivo, como veremos), nos adentramos brevemente en los días del mes. Los romanos no numeraban los días del 1 al 31, sino que en cada mes había tres días clave: las calendas eran el primer día de cada mes, que debía coincidir en principio con la luna nueva. Las nonas eran el día cinco de cada mes, excepto en marzo, mayo, julio y octubre, en los cuales las nonas eran el día siete. Por último, los idus eran el día trece de cada mes, excepto en marzo, mayo, julio y octubre, en los que eran el día quince. Era una fecha móvil y se correspondía con la luna llena.

Así, los idus más célebres de la historia son los de marzo (15 de marzo) del año 44 a. C., con el asesinato de Julio César. Por otra parte, las feriae eran las grandes fiestas religiosas, los dies fastieran las jornadas hábiles y los dies nefasti, los no hábiles por motivos religiosos, para reunir al pueblo en asamblea o para celebrar juicios. Las Saturnales, una de las principales fiestas de la Antigua Roma, se celebraban del 17 al 25 de diciembre. Y una última curiosidad… De la hora sexta, que marcaba el mediodía, procede la palabra siesta.

La solución a los pequeños desfases del calendario juliano llegó con el establecimiento del gregoriano (impulsado por el Papa Gregorio XIII y los astrónomos Christopher Clavius y Luigi Lilio en 1582). El error se compensó convirtiendo en bisiesto el primer año de cada siglo únicamente si es divisible por cuatrocientos (el año 2000 fue bisiesto pero no el 2100) con lo que sólo se acumula un día de más cada 3 mil años. Este es el sistema que rige en la actualidad al mundo occidental.

 

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