Categoría: Literatura

El mito

HÉCATE

Resultado de imagen de imagen mito filosofiaFilosofia y Educación

“El mito es el medio a través del cual el mundo tradicional expresaba el significado definitivo del ser”.

Julius Evola, filósofo.

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Aristotle and the Medieval University: The Birth of a New Book Format

El trabajo se centra en manuscritos con copias latinas de las obras de Aristóteles producidas con fines educativos entre los c. 1100 y c. 1300. Durante estos dos siglos se observa un cambio en la forma en que Aristóteles fue utilizado en el aula: desde un instrumento de enseñanza en la educación monástica en el siglo XII, hasta un medio para la formación de estudiantes en el aula universitaria durante el siglo XIII. Este trabajo llama la atención sobre un cambio paralelo en el formato material de los manuscritos de Aristóteles producidos en estos siglos. Con el auge de la Universidad, c. 1200, las Facultades de artes de toda Europa comenzaron a adoptar el llamado Corpus vetustius como su libro de texto estándar, volumen que abarcaba un número sustancial de textos de Aristóteles.

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Busto de Aristóteles en Roma, Palazzo Altemps. Wikipedia.

Centrándose en los rasgos codicológicos y paleográficos de las noventa y cinco copias supervivientes, el objetivo de este trabajo es triple: identificar las características codicológicas y paleográficas compartidas de los manuscritos del Corpus; Para resaltar cómo estas características pueden ser entendidas como un nuevo formato de libro, claramente distinto de las copias del siglo XII de Aristóteles; Y para mostrar cómo este nuevo formato de libro fue adoptado en toda Europa.

Las observaciones presentadas se refieren a varios aspectos de los seminarios “Intercambios culturales y textuales”: la aparición de un nuevo formato de libro dentro de un contexto cultural específico; la difusión de nuevos rasgos de libro en el espacio geográfico; y los lazos fuertes que existen entre las características físicas del manuscrito latino y la manera en que el objeto fue utilizado.

 

 

 

Un cómic que se lee sin mirar

El viñetista Max crea un tebeo para personas invidentes presentado en la Bienal de Venecia

El cómic de Max para ciegos.

El cómic de Max para ciegos. DAVID FOLGUEIRAS

Apoyas las dos manos sobre el papel. Las yemas de los dedos palpan una superficie en relieve. Tocan líneas rectas y otras curvas y se siente algo que parecen dibujos abstractos difíciles de identificar. En la parte superior de cada página, hay un pequeño comentario escrito en braille: Un viaje en barca, dice. El resto es ilustración, una sola viñeta que guarda figuras que buscar contar una historia, pero que no son del todo inteligibles al mirar. Solo con el tacto. El lector está sintiendo el primer cómic narrativo para personas invidentes o con baja visión, un experimento primigenio que hace el arte en viñetas a la accesible.

“En el proceso tuve que descartar uno a uno recursos propios del cómic. Los tenía casi todos vetados. Eran como las obras que hacían los autores de Oulipo. Trabajar con todas las restricciones posibles fue difícil, pero apasionante”, cuenta el dibujante, guionista y colaborador de este periódico Francesc Capdevilla, conocido como Max (Barcelona, 1956), que se lanzó a esta frontera inhóspita sin paracaídas. Pese a la alegría final, el autor no esconde que hubo ocasiones en las que estuvo a punto de tirar la toalla: “Es un primer peldaño”. Solo cuenta la simple historia de un viaje en barco en los canales de Venecia, “pero su forma demuestra que el cómic, como arte joven, está muy lejos de encontrar sus límites”, ratifica. De hecho, esta primera prueba ni siquiera está a la venta, sino que es parte de la presentación del Instituto Ramon Llull en la Bienal de Venecia, en el marco del proyecto Catalonia in Venice 2017. Allí, en la ciudad italiana que sirve también de protagonista, estará presente hasta noviembre.

“El tebeo exige un esfuerzo de los ciegos. No se entiende de manera automática y necesita concentración, pero parece que este paso funciona”, respira tranquilo Max, que tuvo que diseñar varias pruebas para que su trabajo llegara a buen puerto. Para hacer la experiencia más inteligible, por ejemplo, tuvieron que introducir en la primera página un glosario de términos que explican cada dibujo en relieve y cada onomatopeyas, elemento clásico del cómic que sí pudo usar, aunque con pictogramas, sin letras. Así, si aparece un recuadro con puntos significa luz; si hay líneas onduladas tocas el agua, y si las líneas son rectas es un muro. Pero también se representan figuras sin forma como sonido, los motores, olores o el eco.

El proceso no fue simple. Max y Mery Cuesta, comisaria de Catalonia in Venice 2017, enviaron durante meses las pruebas a lectores invidentes que probaban si las partes cuadraban. Expertos como Anna Morancho, gerente de la Fundación de discapacidad visual Cataluña, respondían con correcciones tras probarlo: “Al principio todas las muestras eran blancas. Las personas con poca visión no lo distinguíamos. Por eso se creó el contraste entre negro y blanco.”

Había que crear casi desde cero una técnica sin probar. Describir, por ejemplo, un puente para una persona que nunca ha visto la forma de uno. “Para los videntes, lo que da vida al cómic es la sutileza de gestos y movimientos. Eso no lo captan. Yo trabajo mucho con personajes y sus respuestas y eso no lo pude explotar”, recuerda Max, que, acostumbrado a contar historias y chistes en solo tres pequeñas viñetas, tuvo que reducir a una gran viñeta por folio su historia. Con la ayuda de las yemas de los dedos, los invidentes no captaban un tamaño menor. “Probé con personajes muy simples, pero los lectores no llegaban a la sutileza. Así que me desanimé, y me pasé a la abstración”. Pese a las injerencias, el dibujante reconoce que resultó una experiencia provechosa que le obligó a “ejercitar la mecánica cerebral, emocional y a quitar tics habituales”. Pero ¿es un trabajo de Max?: “La personalidad no se pierde y, aunque no se parezca en nada al resto, me dicen que se nota que es mío”.

Para Morancho, escudriñarlo es como un puzzle: “Cada uno lee de una manera. Lo bueno es que no tiene muchos elementos que confundan. Algunos lo hacen con una mano, otros con dos; algunos desde el centro, y otros primero leen el braille y, con esas pistas, sabes lo que buscar. Pasas de lo grande a lo concreto. Poco a poco revelas el dibujo inteligible”.

El resultado es un primer acercamiento todavía extraño, como aquel tren que llegaba a la estación en una de las primeras películas de los Lumière. Hoy el canal sustituye a las vías. “Estoy esperando la respuesta de los lectores sin visión para ver si es útil y aprovechable por ese público”, apunta Max, consciente de que un proceso así no pueda llegar todavía al mercado: “La tecnología actual no da para imprimir a precio razonable en relieve. La esperanza son las impresoras 3D”. Morancho lo tiene claro: “La cultura accesible, es inclusión social”.

Desde elpais.com.

 

¿Existe una nueva literatura latinoamericana?

Cinco escritores reunidos en el FILBA analizan desde Buenos Aires el estado del arte de la escritura

Escritores de orígenes, influencias literarias y carreras muy diferentes analizan una literatura marcada por la atomización de la palabra y la tensión entre ser masivo o escribir lo que se desea. El PAÍS habló con ellos durante el octavo Festival Internacional de Literatura (FILBA), realizado en Buenos Aires y Montevideo. Son el brasileño Bernardo Carvalho (Río de Janeiro, 1960), el chileno Rafael Gumucio (Santiago -1970) y los argentinos Gabriel Dalla Torre (Cutral-Có, 1977), Sebastián Basualdo (Buenos Aires -1978) y Ral Veroni (Buenos Aires, 1965) La pregunta madre, aquella que lo estructuró todo, interrogó sobre la existencia o no de una voz que se reconozca latinoamericana.

—En América Latina —dice Gumucio— vería cosas muy parecidas: fragmentación, infancia, inocencia destruida. La novela del boom era esa del chico que vivía en su jardín, en una casa palaciega, y de repente se tomaba un bus y descubría el mundo. Ya no creo que se pueda siquiera tomar el bus, porque ahora andaría con guardaespaldas y el jardín se transformó en un departamento, y ese departamento estaría asediado. El cruce de mundos es más difícil y hay una gran ligadura que va por el camino de la transgresión imaginaria. Basualdo, autor de la novela Cuando te vi caer (Bajo la Luna, 2008),opina que hoy es posible encontrar un eje en lo autobiográfico.

—No necesariamente con lo autorreferencial —aclara—, pero sí con una presencia muy fuerte de ese yo narrativo, una escritura en primera persona que inaugura un sector de la literatura urbana. Hay mucho trabajo de la literatura urbana, despojada de una prosa más bien poética, con una idea cruda de la realidad donde siempre se está mezclando lo político.

—Ya no existe algo como Latinoamérica —dice en cambio Dalla Torre—. Desde la globalización e internet yo siento que escribo para el mundo, y escribo desde Mendoza. Lo que más se relaciona con Latinoamérica, que es la guerrilla, los hijos de desaparecidos, no lo veo ya. Otra particularidad es que, por primera vez en mucho tiempo por ejemplo en Argentina el escritor del momento es una mujer. Hay muchas mujeres escribiendo cosas muy buenas, como Mariana Enríquez o Gabriela Cabezón Cámara. Las mujeres están en situación de mayoría.

—Hay una literatura muy diversificada, pero no se puede decir que hay un tema común. El caso de Brasil, además, es particular, porque se escribe para poca gente en un país enorme. Hubo un momento, cuando el PT llegó al poder, que hubo un entusiasmo por las periferias, con cuestiones sociales, con temas que no estaban en la literatura, escritores negros que hablaban desde un punto de vista nuevo. Eso no se apagó pero perdió el interés, porque había una novedad que era el primer gobierno de izquierda. Y ese gobierno ya no está —explica Carvalho, autor de diez novelas, la última titulada Reprodução (Companhia das Letras, 2013).

—A mi me gusta buscar claves de identidad rioplatense —dice Veroni­, quien también es editor—. Siempre hubo una tara aquí: decir que no tenemos identidad, que descendemos de los barcos. Pero cuando uno vive en otros países se da cuenta de que la identidad rioplatense, que es más amplia que Argentina, alberga muchas identidades. Desde ese punto de vista me gusta impulsar líneas de identidad. Por ejemplo, hay una lingüística que es nuestro amor por el voseo. Yo considero al voseo como uno de los ejemplos más exitosos de desobediencia civil. Se intentó erradicar desde los medios, desde la escuela, desde el gobierno y no se pudo.

En ese escenario de temáticas diversas, donde la globalización de la palabra parece dar paso también a una voz tribal, el desafío es que la propia sea escuchada. Todos coinciden en que vivir sólo de la literatura ya no es posible, porque pasó el tiempo de esos autores que dedicaban las horas de cada día a escribir su próximo éxito.

—Para vivir de la literatura tendría que plantearme la idea de escribir un best seller que llegue a todas las personas. Pero no podés pensar que tu libro le guste a todos los críticos y que además lo compre la gente. Por eso prefiero vivir de una actividad que no tenga que ver con la literatura, tener una doble vida y, al terminar mi trabajo, tener ganas de escribir —dice Dalla Torre, ganador del premio Letras Sur con su novela Soy lo que quieras llamarme (El Ateneo, 2012).

—Si Carlos Fuentes y [Mario] Vargas Llosa hubiesen nacido hoy tampoco vivirían de la literatura —opina Gumucio—. Se rompió en el mundo, país por país, esa especie de clase media de escritor que es reputado y vende bien. Como uno no puede vivir de la literatura no tiene tampoco la ambición de sacar un libro cada dos años y que ese libro venda lo suficiente. Y de alguna forma eso es bueno y creo que más sano. Veo gente que deja de escribir durante 6 años y luego vuelve a hacerlo. Esas carreras sin periodicidad son más libres.

¿Se llega a un público amplio sin escribir un best seller?

—Yo vivo de la literatura pero no de mis libros. Si uno escribe cierta clase de literaturay pretende que esa literatura esté enmarcada en una corriente mercantilista, eso es casi un milagro. La profesión del escritor es una profesión secreta y al mismo tiempo al margen, porque si no se convierte en un escritor profesional. El escritor desde el punto de vista de la poética tiene que ser profesional en el sentido de profesar algo, no en el sentido mercantilista. Ahora, hay gente que puede conjugar ambas cosas y le va bien, y eso es respetable —responde Basualdo.

— Lo que pasa hoy en el mundo —dice Carvalho —es que el universo anglosajón decide qué es y qué no es literatura. Entonces tienes que pasar por ahí para recibir una especie de autoridad. Los escritores mexicanos que conozco los conozco porque se publicaron en Nueva York. Para vivir de literatura debes vender mucho y el mercado parece inmenso pero la gente en realidad no lee. En Brasil se lee Paulo Coelho, siempre, y cosas que no son ficción, libros de autoayuda.

Cómo sobresalir, entonces, en un escenario que parece hostil a aquellos escritores que no responden a las reglas del mercado. ¿Es posible sobrevivir por fuera de las grandes editoriales?

—Hay muchas pequeñas editoriales que arman su proyecto y ya no está la gran editorial verticalista que legitima. Las ventas de literatura son magras en las grandes y en las pequeñas, pero las pequeñas tienen una estrategia de supervivencia donde crean una pluralidad de mensajes que algunos sufren, porque se quedan con la nostalgia del gran artista. Los escritores sufren esta atomización horizontal, pero personalmente es algo que yo disfruto —dice Veroni.

—Hay una además una gran cantidad de gente que compra libros pero no lee, y a eso aspiran los best seller —opina Gumucio, autor de Milagro en Haití (Random House, 2015) —. Es gente que tiene cifras enormes de ventas pero no son leídos, sólo son comprados. Es un fenómeno creciente y yo ya perdí la fuerza para lamentarme.

Global o tribal, masivo o exclusivo, autorreferencial o abierto al mundo. La literatura latinoamericana busca su lugar más allá de los escritores estrella y la onda expansiva del boom.

Desde elpais.com.