Categoría: Historia

Las pandemias más graves de la Antigüedad

La peste antonina, la primera pandemia de la historia humana fue causada probablemente por la viruela, que se desató en el año 165 y se propagó sin freno por todo el territorio del Imperio romano, muriendo unos siete millones de personas.

Epidemias en Roma y la plaga Antonina
Gladiatrix en la arena.
Epidemias en Roma y la plaga Antonina

Los siglos de la historia romana tardía podrían considerarse la era de las enfermedades pandémicas. En tres ocasiones más, el Imperio se vio sacudido por episodios pandémicos con un alcance geográfico asombroso.

En el siglo II, un patógeno desconocido arrasó los territorios dominados por Roma en 249; y en 541 se produjo la primera expansión de la letal bacteria Yersinia pestis, el agente que causaba la peste bubónica y negra. Y, en el siglo VI, se originó la plaga justiniana. Los índices de mortalidad de esta pandemia rondaron el 80% y la ciudad de Constantinopla, la capital, se convirtió en un apocalipsis de hambruna y montañas de cadáveres. El propio emperador quedó infectado, aunque fue de los pocos privilegiados que logró sobrevivir.

La peste que asoló el Imperio de Justiniano
Historia National Geographic
La peste que asoló el Imperio de Justiniano

La plaga de Cipriano, que se desarrolló entre 249 y 262, afectó también a todo el territorio imperial. El obispo de Cartago relató los síntomas que producía la enfermedad: desde fatigas y fiebre hasta heces sanguinolientas, infección grave de las extremidades o ceguera. La población de la ciudad del norte de África disminuyó en torno a un 62%.

La Antigua Roma, donde se calcula que habitó hasta un millón de personas, la pobreza y las condiciones de insalubridad asomaban en cada esquina. Roma era era el hábitat idóneo para el desarrollo de pequeñas enfermedades infecciosas que podían culminar en diarreas mortales. Más allá del centro neurálgico del imperio, la conectividad global que impulsaron los romanos con sus conquistas y caminos también facilitó la transmisión de todo tipo de bacterias y virus.

La muerte en Pompeya

La infame erupción del Vesubio en el 79 d.C. arrasó el paisaje circundante y a los residentes de las metrópolis romanas erigidas a la sombra del volcán. Cuando las cenizas provocaron derrumbamientos de edificios en Pompeya, las violentas corrientes piroclásticas cayeron ladera abajo y asfixiaron la ciudad, la cercana localidad portuaria de Herculano y varios lugares más.

Pintado a mediados del siglo XIX, «El último día de Pompeya» supone la idea de un artista de la erupción del Vesubio en el 79 d.C.

Un equipo de especialistas italianos ha revisado recientemente algunas de las muertes más terribles de Herculano, en las que aparentemente los cráneos de la gente explotaron. La hipótesis tradicional de los investigadores ha sido que el calor extremo fue el principal asesino, provocando que los fluidos de los cerebros de las víctimas y sus tejidos blandos hirvieran rápidamente.

Los desechos voladores pueden golpear y matar a la gente e inhalar demasiada ceniza o respirar gas volcánico puede provocar asfixia. Las temperaturas extremadamente altas pueden freír a una persona hasta la muerte en un abrir y cerrar de ojos.

Los efectos del calor en los cuerpos de la gente fueron diferentes entre los habitantes de Herculano y los de Pompeya. Pompeya, a 9,6 kilómetros de distancia del volcán, se vio afectada inicialmente por los restos que se precipitaron desde este, que hicieron que las casas se derrumbasen y asfixiaron a sus ocupantes. A continuación, la ciudad se vio afectada por una oleada piroclástica muy gaseosa, responsable del mayor número de víctimas.

Resultado de imagen de imagen Vesubio pompeya
El Vesubio

En Herculano y en la cercana ciudad de Oplontis tuvo lugar algo más perturbador. Estos dos asentamientos se encontraban unos tres kilómetros más cerca de la fisura del Vesubio y los investigadores han descubierto víctimas en estos lugares cuyo ADN estaba completamente degradado, con fracturas óseas inducidas por el calor y cráneos que aparentemente habían explotado.

Los hornos de los crematorios funerarios modernos aportan una sombría ventana a la aniquilación de cuerpos humanos, con temperaturas de hasta mil grados Celsius. Este calor es comparable al que podrían haber experimentado las víctimas de Herculano.