Categoría: Cultura

Cuando se mezclan dioses y humanos

WONDER WOMAN

Wonder Woman (2017). Al partir del nuevo origen concebido por Brian Azzarello para la nueva etapa del personaje, la película de Patty Jenkins convertía a Diana Prince en hija de Zeus y la reina de las Amazonas, Hipólita, de ahí su enfrentamiento con Ares. El resultado: seguramente el mejor largometraje del DC Extended Universe.

 

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El color púrpura sólo era para los ricos

Los romanos tenían la costumbre de juzgar a la gente por su ropa, más bien, por su color. Solo existían dos opciones: todos los colores “naturales”, ya sea café amarillento o gris, procedían de la lana de borrego natural y, por lo tanto, se percibían como propios de ciudadanos humildes y de bajos recursos; mientras que los tonos rojo, violeta y verde se creaban de forma artificial, usando colorantes caros que se traían desde países lejanos, se consideraban una señal de riqueza y nobleza. Usar ropa de color púrpura se consideraba lo máximo.

La palabra «púrpura» alude a la coloración de ciertos tintes para teñir telas, al color que aquellos producen y a las telas teñidas con los mismos, no es el nombre de un color particular. Estos tintes se elaboraban con las secreciones de varias especies de caracoles marinos, y en tiempos antiguos se produjeron en diferentes regiones del globo, aunque el lenguaje y los usos occidentales fueron influidos en particular por la antigua industria del teñido con púrpura de la región del Mediterráneo.

El emperador bizantino Justiniano I vistiendo una capa teñida de púrpura de Tiro, en un mosaico de la iglesia de San Vital, en Rávena | Wikipedia

Como los tintes eran difíciles de obtener, las telas teñidas de púrpura eran extremadamente costosas y su uso estaba restringido a quienes podían pagarlas. Eventualmente las prendas teñidas con púrpura adquirieron un valor simbólico, denotando nobleza: en tiempos de la Roma imperial, por ejemplo, solo el emperador tenía permitido llevarlas.

 

CONTAR LOS DÍAS, UNA TAREA NADA FÁCIL EN ROMA

Como tantas otras cosas cotidianas actuales, el calendario por el que nos regimos (en Occidente, al menos) deriva de los antiguos romanos. La palabra misma que usamos, calendario, tiene su origen en la palabra latina calendas, “cuya traducción es proclamar, ya que los sacerdotes proclamaban el principio de cada mes al llegar la Luna Nueva”.

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Según la tradición, el calendario romano fue creado durante el reinado de Rómulo, fundador de Roma. Comprendía diez meses lunares, con el equinoccio de primavera situado en el primer mes, Martius, hasta diciembre. El año, por tanto, duraba alrededor de 304 días, o bien 10 meses lunares… El tiempo sobrante (entre diciembre y el comienzo del año siguiente había un período que no correspondía a ningún mes) se dedicaba a “recuperar fuerzas”: no había labores agrícolas ni actividad militar y tenían lugar los ritos de purificación colectiva.

Los meses eran Martius (dedicado a Marte, patrón de los romanos, de 31 días; Aprilis (dedicado a Apolo) de 30 días; Majus (dedicado a Júpiter) de 31 días; Junius (dedicado a Juno) de 30 días. Después de los meses recibían el nombre por el número de orden que les correspondía: Quintilis (31 días), Sextilis (30 días), September (30 días), October (31 días), November (30 días) y December (30 días).

Con la reforma de Numa Pompilio, segundo rey de Roma, el calendario romano empezó a parecerse más al actual. Al año de Rómulo se le adhirieron cincuenta y un días: se les quitó un día a cada uno de los meses antes nombrados, que entonces sumados hacían 57 días, de los cuales se formaron dos meses, Ianuarius (dedicado a Jano) con 29, y Februarius (de «februare», purificar, dedicado a Plutón) con 28 días.

Tenemos, pues, un año de 355 días, lo que significa que todavía había un desfase con el año solar de 10,25 días menos. Los ajustes estaban en manos de los pontífices máximos, y muchas veces la razón de sus decisiones era más política que cronológica.

Para poner un poco de orden a esta situación, Julio César, ya en el año 46 a.c., ordenó una reforma del calendario romano para ajustar de manera definitiva el año al curso del Sol: “El calendario juliano, que retomaba los 365 días divididos en 12 meses del calendario egipcio, fechaba las estaciones y sus fiestas romanas correspondientes concordando con el momento astronómico en el que sucedían” .

Los desfases se corregían sumando un día cada cuatro años (origen del año bisiesto) y el emperador alteró también el orden de los meses, empezando el año con Enero en vez de Marzo. Sin embargo, el calendario juliano y sus años bisiestos, generaron un retraso de 10 días en el calendario civil respecto al calendario astronómico.

Ahora que tenemos los meses en su sitio (aunque no el definitivo, como veremos), nos adentramos brevemente en los días del mes. Los romanos no numeraban los días del 1 al 31, sino que en cada mes había tres días clave: las calendas eran el primer día de cada mes, que debía coincidir en principio con la luna nueva. Las nonas eran el día cinco de cada mes, excepto en marzo, mayo, julio y octubre, en los cuales las nonas eran el día siete. Por último, los idus eran el día trece de cada mes, excepto en marzo, mayo, julio y octubre, en los que eran el día quince. Era una fecha móvil y se correspondía con la luna llena.

Así, los idus más célebres de la historia son los de marzo (15 de marzo) del año 44 a. C., con el asesinato de Julio César. Por otra parte, las feriae eran las grandes fiestas religiosas, los dies fastieran las jornadas hábiles y los dies nefasti, los no hábiles por motivos religiosos, para reunir al pueblo en asamblea o para celebrar juicios. Las Saturnales, una de las principales fiestas de la Antigua Roma, se celebraban del 17 al 25 de diciembre. Y una última curiosidad… De la hora sexta, que marcaba el mediodía, procede la palabra siesta.

La solución a los pequeños desfases del calendario juliano llegó con el establecimiento del gregoriano (impulsado por el Papa Gregorio XIII y los astrónomos Christopher Clavius y Luigi Lilio en 1582). El error se compensó convirtiendo en bisiesto el primer año de cada siglo únicamente si es divisible por cuatrocientos (el año 2000 fue bisiesto pero no el 2100) con lo que sólo se acumula un día de más cada 3 mil años. Este es el sistema que rige en la actualidad al mundo occidental.

 

La antigua Roma aún importa

Muchas tradiciones de aquel imperio siguen vigentes. Entenderlas, cree la experta británica en antigüedad clásica, nos ayuda a conocer mejor nuestro mundo.

La antigua Roma aún importa
EVA VÁZQUEZ. EL PAÍS.

A finales del siglo IV d. C., el río Danubio era el paso de Calais de Roma. Lo que solemos denominar las invasiones bárbaras, la llegada de hordas (quizá muchedumbres) al Imperio Romano, podrían calificarse también como unos movimientos masivos de inmigrantes económicos o refugiados políticos del norte de Europa. Y las autoridades romanas tenían tan poca idea de afrontar aquella crisis como las nuestras, además de que, por supuesto, eran menos compasivas. En una famosa ocasión, que incomodó incluso a algunos observadores romanos, vendieron carne de perro para alimentar a los que habían logrado cruzar el río en busca de asilo (entonces, como ahora, el perro no estaba destinado al consumo humano). No fue más que uno más de una serie de pulsos, concesiones y conflictos militares que acabaron por destruir el poder central de Roma en la parte occidental de su imperio. La situación se agravó por la calculada estrategia de los romanos orientales, que, en la práctica, eran entonces ya un Estado separado: su solución a la crisis migratoria consistió en dirigir a los inmigrantes hacia el oeste y traspasar el problema a otros.

Es tentador pensar en los antiguos romanos como una versión de nosotros mismos. Pusieron en marcha desastrosas expediciones militares a las mismas zonas del mundo en las que hemos fracasado tantos siglos después. Irak fue una tumba para los romanos como lo ha sido para nosotros. Y una de sus peores derrotas, en el año 53, a manos de un imperio rival en el este, se produjo cerca de la frontera actual entre Siria y Turquía. Con un giro especialmente macabro, que recuerda a las bravuconadas sádicas del Estado Islámico: el enemigo cortó la cabeza del comandante romano y la utilizó como parte del atrezzo en una representación de Las Bacantes de Eurípides, en la que la cabeza del rey Penteo, decapitado por su madre, tiene un papel siniestro y destacado.

En Italia, la vida romana también tenía aspectos que nos resultan familiares. Vivir en una capital con un millón de habitantes, la mayor aglomeración urbana en Occidente hasta el siglo XIX, planteaba problemas que nos resultan conocidos: desde la congestión del tráfico (una ley intentó impedir que circularan vehículos pesados por la ciudad durante el día y, como consecuencia, la noche se llenó de un ruido espantoso), hasta problemas rudimentarios de urbanismo (¿qué altura debía autorizarse para los edificios de pisos, y en qué materiales debían construirse para que no fueran presa del fuego?). Por su parte, las clases políticas tenían todo tipo de preocupaciones. Hubo infinitas e inútiles leyes para evitar que los funcionarios se llenaran los bolsillos con dinero público. Hasta Marco Tulio Cicerón, político, poeta, filósofo y bromista, de reconocida honradez, dejó un puesto en el extranjero con una pequeña fortuna en la maleta; por lo visto había ahorrado mucho dinero de sus dietas.

También había debates interminables sobre el reparto de cereal gratis o subvencionado a los ciudadanos que vivían en la capital. ¿Era un uso apropiado de los recursos del Estado y un precedente del que enorgullecerse, la primera vez en Occidente que un Estado había decidido garantizar la subsistencia básica a muchos de sus ciudadanos? ¿O era una forma de estimular la holgazanería y una extravagancia que las arcas del Estado no podían permitirse? Una vez descubrieron a un rico conservador romano haciendo cola para recoger su ración, que había criticado con vehemencia y que, desde luego, no le hacía ninguna falta. Cuando le preguntaron el motivo, respondió: “Si habéis decidido repartir las propiedades del Estado, yo no me voy a quedar sin lo que me corresponde”. No es una lógica muy diferente a la del millonario moderno que reclama su licencia de televisión o su abono de transporte gratuitos.

Pero tal vez no sea tan sencillo. Estudiar la antigua Roma desde la perspectiva del siglo XXI es caminar por la cuerda floja, hacer equilibrios que requieren una imaginación muy particular. Si se mira a un lado, todo parece familiar, o puede manipularse para que lo parezca. No sólo las aventuras militares o los problemas de la vida urbana y las migraciones. Hay conversaciones a las que casi podemos incorporarnos sobre qué es la libertad o los problemas del sexo. Hay chistes que todavía entendemos, edificios y monumentos que reconocemos y una vida familiar que nos resulta comprensible, con todas sus peleas, sus divorcios y sus adolescentes problemáticos. Muchos hemos sentido la desilusión de Cicerón con su hijo Marco en el siglo I a.C., porque, en la Universidad de Atenas, prefería irse de juerga y beber que asistir a clases de filosofía. Igual que el dilema que revela un juego que vendían para que uno mismo pudiera predecir su fortuna. Entre las muchas preguntas que podían hacer los angustiosos compradores estaba: “¿Me pillarán cometiendo adulterio?”. Y entre las muchas respuestas posibles que podía recibir (dependiendo de cómo cayeran los dados) estaba la más prudente y realista: “Sí, pero todavía no”.

La antigua Roma sigue siendo relevante por razones muy distintas; sobre todo, porque los debates romanos nos han proporcionado un modelo y un lenguaje que siguen definiendo nuestra manera de entender el mundo y reflexionar sobre nosotros mismos, desde la teoría más elevada hasta el humor más chabacano, capaces de provocar risa, asombro, horror y admiración más o menos en la misma medida.

Original publicado en EL PAÍS.

¿QUÉ TIENEN EN COMÚN EL GANGNAM STYLE Y LA PESTE?

La canción de PSY es relegada.

Obviando la broma fácil que pudiera hacer alguien que no disfrutara con la canción y que la comparara con la peste por lo mala que le parece, el célebre hit de Psy tiene algo que ver con la letal enfermedad. El nexo se encuentra en la forma en que se extienden: de manera, rápida, multidireccional y siguiendo el mismo patrón que ahora científicos han estudiado.

La propagación de la peste durante la Edad Media se producía mediante una dinámica ‘con forma de ola’, que se creaba a partir de varios casos que confluían. Posteriormente, esta ‘ola’ podía llegar a extenderse a razón de dos kilómetros por día.

Pues bien, Zsofia Kallus, de la Universidad de Budapest, ha analizado y comparado ese patrón con la propagación en internet y redes sociales del hit Gangam Style y ha llegado a la conclusión de que es bastante similar. Se cumple esa dinámica con forma de ola, que además puede viajar una velocidad aun mayor que la patología.

Para seguir el progresión del vídeo, que superó el billón de visitas, se localizaron los puntos geográficos de Internet donde se comenzó a hablar del Gangnam Style y monitorizarón la dinámica resultante. La ‘infección’ musical comenzó en Corea del Sur, país del autor, para extenderse posteriormente a Filipinas, dar el salto mundial . La diferencia que la investigadora constató respecto a la extensión de enfermedades, es que mientras en las primeras la distancia física es la clave, cuando hablamos de contenidos de Internet dicha separación física se sustituye por la separación entre nodos de internet, como por ejemplo en Twitter. Es decir, da igual la distancia física y lo relevante son la cantidad de conexiones entre usuarios sin importar que están a miles de kilómetros, aunque sí se mantiene la dinámica de ‘ola’ característica de algunas infecciones.

Desde Quo.es.